Se cumple un nuevo año y me sigue pesando, en los días
previos va creciendo la ansiedad, me inunda la intranquilidad, como si por
enésima vez una voz indefinida me llamara hacia otros lugares. Es como viajar
sin rumbo, por distintos caminos, pero todos convergen en un mismo punto, el
mismo día, misma hora y lugar… como una cita ancestral.
Y llego más o menos triste, más o menos angustiada, más o
menos tranquila que el año anterior, pero llego siempre, será que no hay lugar
para el olvido? Será que no es posible desentenderse de este
pseudo-nacimiento y a la vez orfandad de
tías?
Hoy me sigue doliendo la ausencia como el mismo minuto en
que se fueron, lo extraño es que en otras fechas suelen estar presentes en una
forma tan vívida que su recuerdo es solo la casualidad de la lejanía, un pensar
que están lejos, pero que en cualquier momento puede surgir el reencuentro…
como antes, como cuando llegaban a casa con su carga de novedades familiares,
con productos de granja, miel y regalos, con sus presencias tan ruidosas y
queridas… pero hoy no son ellas, hoy son un recuerdo difícil, un momento
congelado en el tiempo, un adiós sin adiós, son sus familias que se quedaron
sin ellas, son mis compañeras de viaje que desertaron de la vida y ya habitan
en las estrellas, en esos mundos que ni imaginamos, pero en los que queremos
creer para darles una forma confortable a sus estadías…o mejor dicho, a no
estar aquí. Hoy es el día en que el
recuerdo es un montón de chapas, una lluvia torrencial, un despertar sin
entender nada y comprender todo, gracias a Dios mañana recuperaré la calma, la
resignación y sobre todo, la gratitud hacia la vida que me da la oportunidad de
seguir adelante.
No se si para cumplir con algún proyecto divino o
simplemente para seguir aportando mi granito de arena a la estructura familiar,
laboral o a la vida de los amigos.